13 de julio - Día Internacional del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Cuando una comunidad comprende
Hace apenas unos años, el debate sobre la existencia del TDAH enfrentaba a profesionales de distintos ámbitos. Ese mismo debate también estaba presente en nuestro entorno profesional. Como muchas personas, algunas de quienes hoy trabajamos en prevención llegamos a preguntarnos si el aumento de diagnósticos respondía realmente a una condición del neurodesarrollo o a cambios en la educación, la crianza o la sociedad. La investigación científica de los últimos años ha permitido responder a esa pregunta con mucha más claridad: el TDAH es una condición del neurodesarrollo con un importante componente biológico y genético, respaldada por numerosos estudios en neuroimagen, genética y neuropsicología. Esto no significa que todos los diagnósticos sean siempre correctos. En algunos casos puede existir sobrediagnóstico, infradiagnóstico o diagnósticos precipitados, por lo que una evaluación rigurosa y realizada por profesionales cualificados sigue siendo fundamental.
En nuestra asociación convivimos cada día con niños, niñas y adolescentes, y eso nos recuerda constantemente que no hay dos cerebros iguales, que no existen 2 niños que actúen de la misma forma. Entre ellos hay menores que, de repente, se levantan impulsivamente para hacer algo sin pensar en las consecuencias; otros que pasan de la calma al enfado en cuestión de segundos y necesitan ayuda para identificar qué ha ocurrido y poner nombre a lo que sienten; también hay quienes son capaces de concentrarse durante horas en una actividad que les apasiona, olvidándose incluso de todo lo que sucede a su alrededor. Y, por supuesto, encontramos una forma diferente de procesar la información, de aprender y de afrontar los problemas y una creatividad desbordante: ideas originales, formas diferentes de resolver problemas e iniciativas sorprendentes que, bien acompañadas, pueden convertirse en una gran fortaleza. Aunque, en ocasiones, esa misma impulsividad o búsqueda constante de estímulos puede llevarles a proponer o realizar conductas poco adecuadas o que entrañan riesgos.
Por eso, no nos preguntamos únicamente "¿qué está haciendo?", sino "¿qué necesita?". Si es necesario, detenemos la actividad de todo el grupo para atender lo que ha ocurrido. Nos reunimos con las personas directamente implicadas y, en muchas ocasiones, también con quienes han presenciado la situación, porque entendemos que un conflicto afecta a toda la comunidad, no solo a quienes participan de forma directa. Abrimos entonces un espacio de diálogo en el que cada persona puede explicar qué ha ocurrido desde su punto de vista, cómo lo ha vivido, qué ha sentido y cómo le ha afectado la situación. Nuestro objetivo no es buscar culpables, sino comprender lo sucedido, dar voz a todas las personas implicadas y construir, entre todos, una respuesta que permita reparar el daño y fortalecer las relaciones.
Desde este enfoque, no entendemos el castigo sin sentido (pero las consecuencias lógicas y naturales sí) ni la exclusión como herramientas educativas. Tampoco apartamos a un niño o una niña del grupo cuando se equivoca. Asumimos las consecuencias naturales y lógicas de los actos y buscamos que cada persona se responsabilice del impacto que sus acciones han tenido en los demás y participe activamente en la reparación del daño. Porque aprender también significa hacerse cargo de las propias decisiones. Nuestros niños y niñas más pequeños viven, durante unas horas cada día, en una pequeña comunidad que crece junta. Nos gusta decir, tomando prestada una frase de Stitch, que "Ohana significa familia, y la familia nunca te abandona ni te olvida".
En Volver a la Vida esa idea inspira nuestra forma de educar: nadie queda fuera del grupo por cometer errores, porque las personas aprenden mejor cuando se sienten parte de una comunidad que cuando se sienten rechazadas por ella . Al contrario, entendemos que todos somos responsables del bienestar de los/as demás y que una comunidad fuerte es aquella que acompaña, sostiene y ayuda a crecer a cada una de las personas que la forman. Porque solo cuando entendemos lo que hay detrás de una conducta podemos intervenir de forma verdaderamente preventiva.
Entender nos permite acompañar los/as menores, enseñar estrategias de regulación emocional, desarrollar la empatía, fortalecer la responsabilidad y reparar el daño cuando se produce. En definitiva, nos permite construir habilidades que actúan como factores de protección frente a futuras conductas de riesgo, incluidas las adicciones.
Porque sì, factores como la impulsividad, la búsqueda de recompensas inmediatas, las dificultades para regular las emociones o el intento de aliviar el malestar mediante determinadas conductas pueden aumentar la vulnerabilidad al consumo de sustancias así como a las adicciones comportamentales: no es una opinión, sino un hallazgo respaldado por numerosas investigaciones. Y precisamente porque conocemos esa vulnerabilidad, elegimos intervenir sobre los factores de protección, no sobre la etiqueta diagnóstica.
La buena noticia es que el riesgo no es un destino. La intervención temprana, el apoyo familiar, la educación emocional y programas preventivos basados en el fortalecimiento de habilidades personales y sociales pueden reducir significativamente esa vulnerabilidad.
Para nuestro equipo de profesionales, prevenir no es simplemente sinónimo de informar o advertir. Prevenir significa enseñar habilidades para la vida, fortalecer los vínculos, mejorar la comunicación y ofrecer espacios donde los/as menores puedan sentirse escuchados, comprendidos y valorados. En otras palabras:
prevenir es construir relaciones de calidad.
Por ello, las Prácticas Restaurativas constituyen uno de los pilares de nuestra intervención preventiva. No las utilizamos únicamente para resolver conflictos cuando aparecen, sino para crear entornos donde las personas aprendan a conocerse, a expresar lo que sienten, a escuchar a los demás y a reparar el daño cuando se produce. Son herramientas que fortalecen la autorregulación emocional, la empatía, la responsabilidad, la convivencia y el sentimiento de pertenencia al grupo. Cuando un niño o una niña aprende a identificar sus emociones, a pedir ayuda, a comunicar sus necesidades y a afrontar los conflictos de forma saludable, está desarrollando algunos de los principales factores de protección frente a las adicciones. Y este aprendizaje resulta especialmente relevante en menores con TDAH, ya que favorece su participación, reduce la estigmatización y fortalece su autoestima, disminuyendo situaciones de vulnerabilidad.
Creemos que una comunidad que cuida es también una comunidad que previene. Porque una persona libre de adicciones no es aquella que nunca ha estado expuesta al riesgo, sino aquella que ha contado con relaciones significativas, herramientas para comprenderse y habilidades para afrontar las dificultades de la vida. Independientemente de cómo funcione su cerebro, todas las personas pueden desarrollar esas capacidades cuando encuentran un entorno que las acompaña desde el respeto, la escucha y la confianza.
Porque prevenir no es controlar.
Prevenir es crear oportunidades para que cada persona pueda crecer con confianza, apoyo y las herramientas necesarias para construir un proyecto de vida saludable.
Referencias bibliográficas:
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