La responsabilidad no es un castigo.
Septiembre es sinónimo de vuelta al colegio y comienzo de un nuevo curso de actividades extraescolares.
Para muchas familias es una etapa ilusionante. Sin embargo, en la Asociación sabemos que para aquellos que tienen un hijo o una hija neurodivergente, puede ser un periodo lleno de miedo e incertidumbres.
Con cada comienzo surgen las mismas inquietudes: «¿Encajará?», «¿Lo/a comprenderán?», «¿Lo/a apoyarán cuando tenga dificultades?»
Son preguntas que surgen del amor. De esto no cabe duda.
Quienes conviven con un niño autista, TDAH u otra condición del neurodesarrollo saben que socializar y relacionarse con los demás no siempre resulta fácil. Cada nueva actividad puede vivirse como un terreno incierto, donde la ilusión se mezcla con el terror a que vuelva a sentirse incomprendido, rechazado o excluido.
Es normal el instinto de protección cuando sabemos que el mundo, en ocasiones, le exige más que a los demás. Todos lo haríamos. Sin embargo, a veces esa protección, precisamente porque nace del amor y del miedo, puede acabar frenando aquello que más deseamos para él: que gane confianza, autonomía y seguridad para desenvolverse en la vida.
El aumento de los diagnósticos también ha contribuido a visibilizar estas realidades y a que la sociedad sea hoy más sensible a la inclusión, aunque todavía queda mucho camino por recorrer.
Este cambio nos plantea un reto importante: crear entornos donde cada niño pueda participar, aprender y desarrollar todo su potencial con los apoyos que necesita.
Sin embargo, cuando aparece un conflicto en el colegio o en una actividad extraescolar, es comprensible que muchas familias reaccionen intentando evitar que vuelva a sufrir. A veces deja de llevarle a esa actividad. Otras intervienen para resolver el problema por él. En ocasiones piensan que todo lo ocurrido se explica únicamente por el diagnóstico.
Todas esas respuestas nacen del cariño.
Pero, sin darnos cuenta, también pueden privar al menor de experiencias fundamentales para su desarrollo: aprender a afrontar un conflicto, reparar un error, tolerar la frustración o descubrir que es capaz de superar las dificultades cuando cuenta con el apoyo adecuado.
Cuando se resuelven siempre los problemas por un hijo/a, se eliminan todas las consecuencias de sus actos o se justifica cualquier conducta únicamente por el diagnóstico, se transmiten, sin querer, un mensaje muy diferente al que se desea:
"No creo que puedas aprender a hacerlo por ti mismo."
"Tu diagnóstico define quién eres."
Y ese es un mensaje profundamente injusto.
Cuando las expectativas disminuyen, también disminuyen las oportunidades para aprender. Poco a poco puede debilitar la confianza en la propia capacidad. Albert Bandura llamó a esta confianza autoeficacia. No surge porque todo sale bien ni porque se ignora el error. Nace cuando afrontamos retos, cometemos errores, buscamos soluciones y comprobamos que nuestras acciones pueden cambiar las cosas.
Por eso, cuando un adulto resuelve siempre los problemas por el menor, este puede acabar pensando que haga lo que haga nada depende realmente de él y que siempre necesitará que otra persona intervenga.
La autoeficacia no se construye sustituyendo al niño/a, sino acompañándolo para que, poco a poco, descubra de lo que es capaz.
Responsabilizar no significa exigir lo imposible ni ignorar las dificultades propias de la neurodivergencia.
Tampoco significa castigar.
Responsabilizar significa creer en el/la menor. Significa ofrecer una oportunidad real para aprender, comprender cómo las acciones afectan a los demás, asumir las consecuencias de las propias decisiones y encontrar maneras más adecuadas de actuar la próxima vez.
No se trata de buscar culpables.
Se trata de ayudar a crecer.
Y ese aprendizaje resulta especialmente valioso en las personas neurodivergentes porque fortalece habilidades tan importantes como la autorregulación, la reflexión, la flexibilidad cognitiva, la empatía y la resolución de problemas.
Desde esta mirada cobran especial sentido las prácticas restaurativas.
Cuando alguién se equivoca, la pregunta no debería ser «¿qué castigo merece?», sino «¿qué necesita aprender de lo que ha ocurrido?»
Las prácticas restaurativas parten de una idea sencilla, pero profundamente transformadora: el error no define a la persona. Lo importante no es el fallo, sino lo que hacemos después de él.
El menor no queda definido por aquello que hizo, sino por su capacidad para comprender lo ocurrido, asumir su responsabilidad, reparar el daño cuando sea posible y seguir creciendo.
Este enfoque reconoce las dificultades que pueden estar asociadas a la neurodivergencia, pero no convierte el diagnóstico en un límite para aprender. La persona es protagonista de su propio proceso de crecimiento y fortalece precisamente aquello que Bandura identificó como el corazón de la autoeficacia: descubrir que uno puede actuar, aprender y mejorar.
Así evitamos dos extremos igualmente perjudiciales: el castigo como única respuesta y la desresponsabilización basada en el diagnóstico.
Esta manera de educar no solo favorece el desarrollo emocional y social del menor. También puede convertirse, a largo plazo, en un importante factor de protección frente a otros riesgos, entre ellos las conductas adictivas.
Sabemos que las adicciones tienen un origen complejo y multifactorial. También sabemos que las personas con TDAH presentan un riesgo mayor de desarrollar trastornos por consumo de sustancias y que, en el caso del autismo, ese riesgo puede aumentar cuando se suman dificultades como la ansiedad, la depresión, el aislamiento social o los problemas de regulación emocional.
No podemos eliminar todos los riesgos, pero sí podemos ayudar a construir factores de protección.
La autoeficacia, la autorregulación, la tolerancia a la frustración, la capacidad para resolver problemas y la percepción de que uno puede influir en su propia vida son algunos de ellos.
Estas competencias pueden fortalecerse cuando los menores asumen responsabilidades acordes a sus capacidades y cuentan con el acompañamiento adecuado.
Quizá ese sea uno de los mayores retos que tenemos las familias y quienes acompañamos a la infancia.
No consiste en evitar que los niños se equivoquen.
Tampoco en retirar cada obstáculo de su camino.
Consiste en permanecer a su lado mientras aprenden a superarlos.
Consiste en mantener expectativas altas, pero realistas, ofreciendo los apoyos necesarios para que cada niño pueda alcanzarlas.
Porque el verdadero objetivo de nuestra ayuda es que nuestros hijos e hijas, o las personas a las que acompañamos , poco a poco, nos necesiten cada vez menos. Que cada apoyo que les ofrecemos hoy les acerque a ser autónomos/a.
Porque la responsabilidad no es un castigo, sino un derecho educativo.
Bibliografía
Bandura, A. (1997). Self-Efficacy: The Exercise of Control. New York: W. H. Freeman.
Hehir, T., Grindal, T., Freeman, B., Lamoreau, R., Borquaye, Y., & Burke, S. (2016). A Summary of the Evidence on Inclusive Education. Alana Institute.
Zehr, H. (2015). The Little Book of Restorative Justice (Revised and Updated). Good Books.
Lee, S. S., Humphreys, K. L., Flory, K., Liu, R., & Glass, K. (2011). Prospective association of childhood ADHD and substance use and abuse/dependence: A meta-analytic review. Clinical Psychology Review, 31(3), 328–341.
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